martes, 9 de octubre de 2007

De la rutina y Phillip Island

Vivir en una residencia como la Graduate House de Melbourne tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La principal ventaja es que tienes muchas cuestiones resueltas nada más llegar: una habitación decente con libertad de entrar y salir, desayuno y cena a diario, espacios de ocio y un grupo de más de sesenta personas de todo el mundo con ganas de conocerse. Entre las desventajas, a parte de que es bastante cara, es verdad que a la gente aventurera de espíritu le impide disfrutar de la experiencia de buscar piso y compañeros en un lugar desconocido, aprender a enfrentarse a caseros estafadores que te gritan en otro idioma, padecer las primeras semanas de soledad propias de la gran ciudad... es decir, un montón de experiencias que, aunque en principio pueden ser incómodas, a la larga te hacen desarrollarte como persona y generan mil anécdotas divertidas que contar a tus amistades. Yo, en mi caso concreto, y después de valorar lo anterior, rápidamente concluyo: “aventureros de espíritu, que os den por saco”; “¿Graduate House?: Ou Yeeessss!”.
Sí, amigos. Venir aquí sin duda ha sido un gran acierto, porque después del mesecito que pasé en Venecia el año pasado buscando piso a lo loco (¡para después quedarme en una residencia!) murió en mí cualquier espíritu aventurero que pudiera tener en este aspecto.
Me encanta el día a día de la “Graduate” entre semana: desayuno a la 8, charla hasta las 9 y salida hacia la biblioteca del campus, que está a tres minutos andando, donde trabajo normalmente hasta las 17. Después de la cena, que suele terminar a las 20.00, nos juntamos el grupo de españoles con Ph., un australiano estupendo que ya es de la familia, C. (nuestro pequeño englishman todavía ininteligible para mí), y todo oriental, alemán o danés que se quiera acoplar, en la biblioteca de la residencia -un salón de estilo colonial con un piano- o en la sala de ping-pong. Entre todos inundamos las dos estancias con una curiosa amalgama de acentos ingleses tan divertida como incomprensible para los nativos del lugar, aunque debo confesar que yo por ahora sólo puedo hacer play-back. Pero no desconfiéis: ya me voy lanzando poco a poco al ruedo de la parla anglosajona y creo que, a pesar de mi edad, aún puedo lograrlo (frase que espero no tener que usar nunca en otros contextos). A veces también salimos a tomar algo por Lygon St., una calle paralela a la nuestra que hay a cinco minutos de la “G. H.”, donde se formó hace décadas el barrio de inmigrantes italianos y que ponen una pasta espectacular (os recomiendo gnocci bolognesa en “Il Gambero” y spaghetti marinara en “Brunetti”).
Toda esta rutina resulta realmente deliciosa y terapéutica para un señor -si me permitís el término- con un ritmo de vida tan oscilante como el mío. Y más gratificante si es rota a veces por cosas curiosas; como por ejemplo la recepción que hizo, el martes 11, el rector de la Universidad de Melbourne para los alumnos extranjeros, a la que asistí con mi ya amada compañera M. y mi venerado profesor J. G., con merienda y orquesta de cámara incluidos. Nada más entrar nos dieron un cartelito con nuestro nombre y rango, que todo el que te presentaban lo mirara sin pudor alguno, supongo que para ahorrarse la terrible labor de estar atento cuando le decías de tu propia voz tu nombre y rango. Como anécdotas contaré que tardé en encontrar mi identificación porque estaba colocada en la “I” de “Iavarez” (!!) y que conocimos, o más bien nos asaltó, una joven doctora japonesa que nos seguía a todas partes sonriente y armada con un refresco. Todavía, en ocasiones, la veo en la oscuridad.
El segundo fin de semana fue realmente divertido. La cosa comenzó el viernes 14, en la fiesta de despedida de I., un chico sevillano de la G. H. (que lamentablemente se va ya para España), y que celebramos en casa de unas amigas suyas peruanas estupendas. Hicimos sangría, tomamos chupitos de vodka y gelatina, bailamos “Hombres G” con base Reggaeton... vamos, lo normal en toda fiesta australiana. También había por allí un grupo de 8 ó 10 japoneses sentados en el suelo y sonriendo que ni se movieron (creo que en las sombras llegué a ver a la japonesa del martes anterior amenazándome con el refresco). Para contrarrestar la apatía del grupo nipón, entre ellos había una chica que se sabía todas las canciones de Shakira de memoria, y no paraba de bailar convulsivamente y chillar en español con un vozarrón tan molesto que lograría que el mismo Job la golpeara con una olla vieja. Bailaba y saltaba sin respirar hasta que de pronto... se derrumbó en el suelo completamente dormida sobre unos abrigos. “¡Oh, cayó!, dijeron unos. “¡Oh, calló!”, dijimos el resto. He estado en muchos enredos de este tipo pero cuando a mitad de la noche tuve conciencia de mí mismo y me vi en una fiesta en Melbourne bebiendo sangría en casa de unas peruanas, bailando como posesos “sufre mamón” con chilenos, australianos y una japonesa gritando en español y pisando a sus compatriotas que estaban sentados en silencio en medio de aquella especie de ONU fermentada... pensé: ¡Cuánto habría disfrutado esta imagen Miguel Mihura!. Y brindé por mis Yararás...
La mañana del día siguiente la pasé en el zoo con un grupo de la G. H. Reconozco que ir a ver animales es algo que a priori siempre me da un poco de pereza, pero cuando ya estoy allí al final lo paso genial... aunque se me olvida para la siguiente. En este caso he disfrutado especialmente con la parte de fauna australiana ya que vimos una simpática representación de cada uno de los bichos que pueblan este terruño de más de 7 millones de kilómetros cuadrados. Lo mejor: la manera en que está organizado el zoo, ya que no hay jaulas, sino unos sitios acotados (bueno, sí, son jaulas a fin de cuentas) donde puedes entrar con los animales por allí dando vueltas entre la gente. Al parecer este sistema no funciona con tigres y leones ya que todos quieren ser los campeones. En comerte.
Vimos canguros, wombats, algunas araña y, sí amigos, ¡el esperado koala!... aunque hablaré de ellos más adelante. También contemplé un plátipus nadando en su piscinita, visión que me trajo a la memoria aquel estribillo tan famoso de Gutierre de Cetina: ¿Porqué te dicen “mother”, madre?. / ¿Porqué llaman “five” al cinco? / ¿Porqué lo han nombrado “plátipus” / si se llama “ornitorrinco”?.
Esa noche salimos para despedir a C. que también se va ya (fijaros que acabo de llegar y ya he ido a tres fiestas de despedida, supongo que cuando yo me vaya me harán una de “Bienvenida”). Fuimos a la misma zona del viernes anterior; que resulta que se llama Jonhston St., y es el barrio español de Melbourne, no porque vayamos mucho nosotros sino porque es el lugar donde los inmigrantes españoles tienen sus locales, entre ellos la famosa “Casa Ibérica” de la que os hablé, que por lo visto vende jamones, chorizos y todo tipos de viandas típicas. Yo no aguanté mucho porque venía servido de la noche anterior y además porque por la mañana había que estar despejados para disfrutar la segunda visita a las afueras: Phillip Island.
El planteamiento fue casi el mismo que el fin de semana anterior pero con otro destino: coche alquilado, cinco españoles, C., Ph. y un chico alemán, que no conocíamos, que se vino a última hora (de hecho le dimos 10 segundos para pensarlo. Tardó 5, la soledad acelera este tipo de decisiones). La ida fue bastante divertida. Me llevé un disco de Ketama y estuve enseñando a la gente, anglosajones incluidos, a tocar palmas por bulerías. No lo logré. De nuevo. Pero descubrí que con C. puedo entenderme perfectamente a través de la música, siempre hay alguna canción que podemos cantar que tiene relación con lo que está pasando... y por ahora así somos felices. Cuando me habla, para y me mira como diciendo “no te enteras, ¿no?”, yo le miro como respondiendo “¿tú qué crees?”... y seguimos cantando divertidos. Como veis, una manera hipócrita, pero risueña, de revolcarme en mis propias miserias lingüísticas...
Tras unas cuantas palmas al son de “iun-dou!, iun-dou-trei!, cuatrou-cincou-sei, seiti-ouchou, nueve-ten!” llegamos a Phillip Island. Paramos en una especie de oficina de turismo que resultó ser una pequeña fábrica de chocolate (!!). Nos informaron de todo: dónde estaban los koalas, dónde estaban los pingüinos y, por supuesto, dónde estaban los baños, que era lo que habíamos preguntado. Salimos pitando a tomar algo, ya que a las 18 eran los pingüinos; fuimos a un pueblecito que había en plena playa y, bueno, nos pusieron el mejor “Fish & Chips” que he comido en mi vida... lo cual no tiene mucho mérito ya que era la segunda vez que lo hacía. Tal como le metí mano pensé que realmente deberían llamarlo “Oil & Fish & Chips”, pero me lo zumbé encantado, el turismo tiene estas cosas... [Bloc de notas: “la próxima más que vaya a Ph. Island llevar sal de frutas”].

Sobre las 14 llegamos al parque de los koalas, que no me acuerdo del nombre, pero seguro que no ando muy desencaminado si os digo que se llamaba “Phillips Island Koala Park”, porque aquí no se complican mucho la vida en estas cosas...
La verdad es que el día antes en el zoo había vista un par de koalas y me habían parecido monos... Pero cuando yo vi este bichillo salvaje, que os muestro en la foto, os diré que... directamente me moría de amor y quería quedarme allí amándolo por toda la eternidad. Siempre me parecieron un pelín estúpidas las niñas con fotos de koalas en la carpeta, pero ahora os digo: soy una más de vosotras, acogedme.
Estuvimos dando un paseo por el parque y vimos bastantes koalas, koalitas e incluso una araña saltarina pica-pica amarilla que casi mata de un susto a M., aunque según el guarda del lugar no era peligrosa. La araña digo... mi amiga sí lo es. “No os preocupéis, las peligrosas son las negras con punto blanco en el abdomen” nos decía riendo el señor, “gracias, nos quedamos más tranquilos”. Y huimos de allí.
Cuando íbamos hacia la playa de los pingüinos empezó a diluviar... así que hicimos tiempo en una bodega de degustación de vinos que nos encontramos de camino. Tomamos un poco de cada una de los doce o trece que tenía por allí (todos menos el conductor, mamá) y en diez minutos, no me preguntéis porqué, estábamos todos supercontentos de que lloviera, felices con aquel señor tan simpático que nos servía una tras otra: “Gran tierra de vinoz ésta, zeñor, (hip) ze lo dice un españoool... (hip) ¡Bésame, picarón!”. En fin, nos gastamos todo lo que llevábamos en botellas y partimos: el encuentro con los pingüinos era inminente...
aunque aburrido... para que os voy a engañar. Todo consistía en ir a ver, de lejos, una colonia de pingüinos, de las pocas que quedan en Australia, que al caer la noche salen del agua y se van a su nido todos en fila. El tema es que lo tienen montado como si fuera un campo de fútbol: con gradas, focos y un pequeño centro comercial con tazas, postales, camisetas e impermeables (esto sí lo agradecí porque caían chuzos de punta) con dibujos de pingüinos. Una pena, la verdad, porque por ahora todo lo que me he encontrado por aquí está perfectamente integrado con el medio... y esto me pareció, masificado y poco emocionante. Lo mejor fue verme sentado bajo la lluvia, rodeado de orientales con capucha, en una grada a la orilla de una playa australiana al lado de C., los dos con impermeable hortera y buscando una canción para comunicar nuestros respectivos sentimientos sobre el momento “pingüino”. La elegida fue: “qué alegre ilusión es ir con Mary!... qué bueno es ir con Mary a paseaaaaaar!”, él en inglés y yo en español... y oye mira, así profundizamos un poco más en nuestra amistad y menos en mi inglés. Después vimos a los pingüinos de cerca, porque el camino de vuelta al centro comercial va por medio de los nidos: “¡no les hagan fotos desde la grada que se estresan!”, nos decían. Pensarán que para un pingüino tener a mil japoneses con impermeable gritándole en pleno nido por el camino de vuelta debe ser chill-out del bueno...
No diréis que no dio de sí el fin de semana... Pues en la próxima entrega os haré un amplio resumen (¿un resumen puede ser amplio?) de mi viaje a Queensland: la tierra de los Bosques lluviosos y la Gran Barrera de Coral. Sólo os adelantaré que hablaré de aborígenes borrachos, karaokes inmundos, arañas gigantes y de Lola Gaos. Todo aquí: en culo-en-burra, el blog que sigue menos gente que a un puercoespín bailando la conga.
Desde el país donde “El Koala” tendría que cantar desde un parque nacional... (Alf, gracias por la aportada del CD) os ama y besa. J.

9 comentarios:

Ita dijo...

Amigouuuu!!!! CAda día te superas más, eres genial, no se poruqe pero cuando leo tus relatos me imagino estando a tu lado, y por un momento pienso que estoy en Australia, disfrutando de todos esos pinguinos, koalas y demás billejos, menos de las arañas, que esas te las regalo todas, hasta las amrilla pica pica saltarinas, jeje. Sigue disfrutando y narrándolo en este maravillosos blog. ITA

MEGAFRIKI dijo...

jejeje bravo bravo por tus aventuras, los koalas, las arañas pica pica saltarinas y la residencia que te lo da todo. te amamos jotono!!!

Oscar Garcia dijo...

Genial una vez más compañero, no quiero ni imaginarme el día que vuelvas a casa y ya no podamos seguir tus andanzas por tierra australes. Desde aquí sugiero que sigas con el blog aunque tengas que narrar un viaje a por ejemplo La Pedraja de Portillo , que es el pueblo de mi madre, que no tiene nada que reseñar pero que seguro que tu algo le sacarías para echarnos unas cuantas sonrisas.
Por cierto tan feas son las chicas por allí que no cuentas nada de ellas so pillín, no nos ocultarás algo? Bueno Joto disfruta un montón y sigue deleitándonos con tu entretenida literatura de viajes. Besos.

Anónimo dijo...

yujuuuuuuuuu!!!! ves, solo era cuestión de tiempo. Ya estoy aquí hermano. Oye sufro por ti día y noche, ya veo que lo estás pasando fatal. Si, creo que vamos a tener que ir a recogerte (jurjurjur) que me imagino yo a los pingüinos bailando en plan peli Mary Poppins y esas arañas taaaaaaaan estupendas que tenéis por animales de compañía.
Seria estupendo poder estar allí contigo, (bueno allí, o donde fuera).
Hermano que te aloviuuuu!!!!
Y que yo ya estoy siguiendo esta conga de puercoespines. ¡¡Cha-cha-cha-cha-cha-chaaa!!
Por cierto, voy a poner tu blog, en enlaces de mi flog, (eh!! Ya con tecnicismos friquis y todo)
Bueno mi amor, un besazo

Anónimo dijo...

Se me olvidó poner quien era (jurjurjur)
Frd: La anónima e tu hermana

jose dijo...

Resulta irónico leer de la rutina en un blog made in joto. Como siempre muy divertido y ante la caída en la desgracia de este pais está bien comprobar que hay vida en el más allá. ASí que confío en que estés creando una columna española antípoda para acogernos tras la deserción.
Espero impaciente el siguiente capítulo. xau.s

Maximus dijo...

Que grande, amigo. Me encanta el relato de tus andanzas. Espero que saques mas tiempo para seguir escribiendo (y yo para leerte, maldita sea), porque me declaro un hedgedog-follower.
Celebro que lo estes pasando bien. Yo estoy disfrutando muchisimo, la verdad. Es de estas experiencias en las que sientes que se ha parado el tiempo, pero luego te das cuenta de que en realidad lo que se te ha parado es el reloj. Y comprar una pila en Espana es muy sencillo, pero en el extranjero cuesta mas...
Un abrazo, pequeno koala.

Anónimo dijo...

eres un grande, amigo, eres un grande. queremos más aventuras, más acción, más personajes, nunca fuiste más tintín que ahora...

Yo, francamente, presentaría esto en vez de tu tesis. Suspenderías, pero nos partiríamos el ojete cosa fina...
Abrazos de horror vacui

Nacho

Daniel Marcos dijo...

Una nueva entrada preciosa y genial.
Me imagino a la japonesa dando saltos y me da grima... pero más me da la del refresco.
Y estoy contigo: Amemos a los koalas.