martes, 18 de septiembre de 2007

LA PRIMERA VISITA: WILSONS PROMONTORY (VICTORIA)

Si el sábado 8 hubierais abierto el Google Earth sobre las 7 de la mañana hora española y ampliado la punta más meridional de Australia, justo encima de Tasmania, probablemente me habríais visto sentado encima de un monte, frente a una playa de arena blanca y rodeado de arbustos, más feliz que Jack el destripador comiendo callos. Os hablo, amiguitos, de mi primera visita de fin de semana: Wilsons Promontory, una reserva natural a unos 240 km al sudeste de Melbourne, llena de bosques de eucaliptos y de marsupiales dispuestos a comérselos.
La idea partió de dos chicos de la residencia –K. y C., un alemán y un inglés, a los que no entiendo casi nada todavía–, y allá que nos fuimos, en una furgoneta alquilada, los susodichos y seis españoles más, todos muy ilusionados pero bostezando mucho ya que salimos un rato la noche anterior...
Paréntesis: la referida fiesta fue en una zona muy interesante, hacia el este de Melbourne, llena de locales con música en directo; había un sitio con la fachada de colores que se llamaba la “Casa Ibérica” (!!), que no sé aún qué es, porque estaba cerrado, pero ya lo exploraré. Estuvimos en una sala grande, muy diáfana y con un mini-escenario en el centro de la pista donde tocaba un grupo funki-rap-latino-tocoloquemeches.com. Sin duda lo mejor del conjunto era el batería, de una sensibilidad rítmica exquisita... con ganas me quedé de proponerle matrimonio, porque un batería así... ay madre!, qué daría yo por un batería así...!
Después de estar un buen rato bailoteando y observando el entorno llegué a varias conclusiones:
a) Me reafirmo: Melbourne es genial, amemos Melbourne.
b) Yo de mayor quiero tocar la batería como ese chaval, amemos a ese chaval.
c) Lo siento australianos: definitivamente las españolas son las mujeres más guapas y femeninas del mundo. En verdad os digo: amadlas.
d) Los "melbournianos" son muy amables pero no controlan bien la psicomotricidad gruesa cuando beben por la noche: si no me empujaron 30 veces (con su correspondiente “sorry”, eso sí) que venga y me muerda la sepia culona. Amemos la sepia culona.
Como seguiré investigando la noche antípoda, supongo que profundizaré en otra crónica, así que lo dejo hasta entonces.
Bien. Desayunamos en una especie de restaurante de carretera camino de Wilsons, que podríamos describir como un cruce entre una venta de Castilla la Mancha con moqueta, y sin perdices disecadas, y una sala de tragaperras de las Vegas. Como curiosidad os diré que en el baño había pegatinas con información sobre la ludopatía, ayuda que los cinco australianos risueños que estaban jugando desde las 9 de la mañana parecían no necesitar, a juzgar por la sonrisa que tenían, con su cervezón en una mano y su bolsa de monedas en la otra. En fin...
Sobre las 11 continuamos camino del parque con la ilusión de ver bichos de esos que hay por estas lindes que, aunque te pueden picar y dejarte seco en horas, mearte desde un árbol o patearte la cara en tres saltos, algunos tienen una pinta tan esponjosa y suave que, dado el caso, no te puedes enfadar con ellos, sólo quieres abrazarlos y regalarlos a tus amistades. “Ay possomcito, me has mordido con tanta ternura que... pelillos a la mar... abrázame que estoy muy solo...”, eso diríais todos... reconocerlo, blandos!. Y es normal, porque son seres entrañables y bastante sociables, como en breve os mostraré.
Tras un par de mis adorados mareos en el coche y la horrible visión de un wombat muerto en la carretera (animalito típico del que os hablaré más tarde) llegamos a “Wilsons Promontory”. La primera parada fue para fotografiar esto
que como veis tampoco es muy diferente a Cádiz, pero bueno... la fotografía digital es gratis y la juventud está muy aburrida.
En cambio en la segunda sí que empezamos a sentir intensamente que estábamos en Australia. El objetivo era una playa llamada “Squeaky beach”, a la que se accedía a través de un sendero abierto en un bello bosque de eucaliptos, ya secos por la arena y el viento de la costa. El pequeño bosquecillo me pareció un lugar de una belleza tétrica y distante difícil de apreciar con tanta luz... aunque debo reconocer públicamente que yo pensaba más en esquivar las arañas saltarinas pica-pica que en estas pamplinas... Por supuesto no he visto ninguna todavía porque no suelen habitar lugares frecuentados por homínidos... pero sigo mirando las sábanas antes de acostarme, por si la red-back acecha. Llegamos a la playa y la verdad es que era una preciosidad; muy parecida a las del norte de España, pero quizá con arena más blanca y suave, supongo que debido al coral. O no, tampoco me lo voy a inventar. Lo que sí es cierto es que cuando andas sobre ella con zapatos hace un ruido muy parecido al “scratching”, que habría hecho las delicias de mi amigo P. Ch. Estuvimos por allí un rato tonteando con la arena y paseando sin rumbo, me imagino que algo parecido a lo que todo el mundo hace cuando visita una playa australiana en invierno.

Volvimos por el bosquecillo de Tim Burton, ojo avizor a las “pica-pica”... y al coche, rumbo a la siguiente estación: Mt. Oberon Summit. Antes paramos a comer en un centro de información turística donde unos pájaros de colores intentaron convencerme amigablemente de que mi bocata era de ellos, uno incluso llegó a servirse su ración sin sonrojorse (o sí a juzgar por la foto).

Lo siento chicos alados: mientras siga pesando trescientas veces más que vosotros, el bocadillo es mío. Yo nunca se lo intentaría quitar a una Caterpillar: seguid el ejemplo.
Continuamos. Mt. Oberon Summit no es otra cosa que una cumbre bastante elevada con buenas vistas del parque, a la que se accede por un camino habilitado entre un bosque de eucaliptos impresionante donde hay posibilidad de ver koalas. Que no vimos.
Durante los 4 kilómetros de inevitable cuesta me dio tiempo a pensar en muchas cosas, pero había dos que me asaltaban constantemente. La primera era la impresión de haber pasado por allí mil veces. El frondoso bosque de eucaliptos y helechos era casi igual que cualquiera de los muchos que me he pateado en España: el mismo olor, el mismo sonido... Pero la nueva sensación, lo que de verdad me fascinaba, era que todos esos árboles procedían de ahí mismo, que eran autóctonos y silvestres. Algunos sabéis que el eucalipto y yo rara vez nos hemos llevado bien: nunca me ha terminado de gustar ni el paisaje ni el árbol en sí... quizá porque siempre lo he tenido por un extraño, o porque tiene mala fama –arde fácilmente, chupa todo el agua, etc.– o, simplemente, porque después de un genial domingo en el campo los veía alejarse tras el cristal del 127 de mis padres, indicando que el día siguiente había clase... (qué pasa, hay gente para todo, respetad mis traumas con los árboles, por favor). No lo sé. En todo caso, la cuestión es que mi concepción forestal (?) ha cambiado. Ya amo los eucaliptos. Y cuando vuelva a España y me patee otra vez los montes de la Coruña, por ejemplo, tendré una sensación parecida a la que tuve en Segovia después de estar en Roma, o en algunos barrios de Madrid después de ver París. Entender las cosas a través de su origen, gran filosofía... quizá Aristóteles fuera australiano...
...pero no, no lo era, al igual que no había ni un asqueroso koala y ni un miserable canguro en ese puñetero bosque cuesta arriba, que podía haber visto en Andalucía.
Este, queridos amigos, era el otro pensamiento que me venía con frecuencia.
Pero, sin duda, el esfuerzo mereció la pena cuando los árboles empezaron a desaparecer dejando paso a unas inmensas rocas que anunciaban la proximidad de la cumbre. Y qué cumbre.
No sé qué me emocionaba más si el paisaje, que era realmente bello, con un sol claro que hacía brillar la costa y el río que serpenteaba bajo nosotros, o pensar que estaba en la punta más austral de Australia, valga la redundancia, en un lugar donde después de la isla de Tasmania y el mar ya no hay más que hielo. Pensé mucho en vosotros; en lo que me gustaría compartir todo esto con cada uno... fue muy especial.. y pa' mí me lo quedo.
Después de contemplar aquello, y dar gracias por tener la oportunidad de hacerlo (a mi profe, al Ministro de Cultura y a los contribuyentes, principalmente), nos bajamos la cuesta con soltura. Los dos pensamientos recurrentes de la subida volvieron en la bajada: el primero a mi cabeza y el segundo a mis rodillas. Para evitar éste último, estuve canturreando y enseñando a las chicas a hacer el canto del búho con las manos. Búho, que al igual que el koala, no se hizo presente dejando en entredicho mis habilidades didácticas. Una vez más.
Tras la marcha hicimos varias fotos, algún estiramiento... y nos fuimos camino de vuelta hacia Melbourne. Pero el viaje no acababa aquí, la caída del sol nos tenía preparada una sorpresa: ¡wombats (ahora vivitos y coleando) y canguros!. Los primeros son unos seres realmente adorables, y como podéis ver en la fotografía son una mezcla entre oso y koala. Los gritos de ilusión que dimos cuando vimos el primero, en el mismo arcén de la carretera, fueron tales que me sorprende que el wombat no se hiciera el muerto, o vomitara al menos. Algo parecido pasó cuando, de nuevo en marcha y no lejos de la salida del parque, alguien exclamó “¡canguros!”, con la consecuente salida casi en marcha de la furgoneta, como la aerotransportada. Los primeros tres que vimos estaban medio escondidos en unos arbustos; después, en un campo abierto, descubrimos otros dos más, un wombat, y dos conejos (a los que no hicimos el más mínimo caso, pobrecitos, son tan normales...). Estos ya los disfrutamos con serenidad y madurez, igual que los tres o cuatro wallabíes, canguritos pequeños muy monos, que casi atropellamos por el camino.

En la vuelta, irremediablemente, me quedé dormido. Pero antes tuve un breve momento de lucidez para contemplar el cielo del hemisferio sur, con decenas de constelaciones que no había visto jamás y de las que no sé absolutamente nada. Ya tengo ganas de dedicarle un rato a disfrutar esto, a ver si la semana que viene en la Gran Barrera tengo la oportunidad... Pero antes sufriréis una cuarta entrega sobre el ya asentamiento en Melbourne, donde os hablaré de la cotidianeidad en la residencia, de una fiesta muy curiosa a la que asistí este viernes pasado, de mi visita al Zoo y de la segunda salida de fin de semana (de la que volví antesdeayer 16): Phillip Island, la isla de los pingüinos y de los koalas... ¿los habré visto esta vez?. Todo aquí: en “Culo en burra”!, el blog más famoso del cono sur!, tanto que en Victoria ya han fundado una localidad con su nombre

Desde el país donde atropellar un marsupial es tan fácil como proponérselo, os ama y besa. J.

viernes, 14 de septiembre de 2007

LA ADAPTACIÓN. MELBOURNE (I)

En el arco de entrada al campus universitario de Melbourne hay un gran cartel azul que dice “The Evolution stars here”. Señoras, señores: cuánta razón. Y no lo digo sólo por la universidad que comienza justo pasado ese punto. Lo digo también por el mismísimo suelo en que se asientan los cimientos de esa puerta, el suelo de Melbourne.

Si yo fuera una ciudad europea y me preguntaran qué quiero ser de mayor contestaría sin dudarlo: “yo quiero ser Melbourne”. Cuando hace dos años fui a ver a “Depeche Mode” con mi hermano J., salí del Palacio de los Deportes con la mágica impresión de haber contemplado un fragmento del futuro. Creí haber estado durante dos horas en presencia de cinco señores capaces de transformar el presente en lo venidero, a través de sonidos pasados y nuevos. Esa es la sensación que he tenido desde que llegué a Melbourne.

Porque Melbourne, al menos para mí, podría ser la perfecta tendencia de Occidente.
En esta ciudad conviven felizmente los rascacielos con barrios kilométricos de casas de dos plantas, las bicis con los coches y los carros de caballos, los tranvías con los peatones (si Gaudí hubiera sido de aquí seguiría hoy entre nosotros; aunque ya tendría 154 años el mocico...).
Cuando paseas por el centro (la “city”) tan pronto tienes la sensación de estar en medio de “Blade Runner” como crees que te encuentras en la Inglaterra más victoriana.

Podríais decir que eso también pasa en Londres. Pues no, yo creo que no pasa en Londres. Es algo mucho más fresco, más nuevo, menos enquistado por el devenir de los siglos pero respetando con admiración cada una de las huellas del corto pasado que tienen.

El día después de llegar, y con el jet-lag dándome patadas en la casquería, mis niñas españolas me llevaron de paseo por la city, algo rápido porque habíamos quedado con mi profesor para hacer una barbacoa en su casa (aquí los catedráticos sí que saben dar la bienvenida). Estuvimos solamente por la calle principal, Swanston St., y bueno... los cinco párrafos que acabáis de leer se hicieron sitio de inmediato en el espacio que iba dejando el desplome de toda mi orgullosa y apolillada mentalidad europea.

Un ejemplo. En esta misma calle se encuentra la Biblioteca central del Estado de Victoria, el equivalente a la Biblioteca de la Comunidad de Madrid o la Nacional de Cataluña. Pues bien, desde que entramos hasta que salimos nadie nos pidió la más mínima identificación; era domingo y había muchísima gente sentada en los salones charlando, leyendo, navegando por el WIFI gratuito... Todo amabilidad y libertad (controlada, tampoco esto es Sodoma), infinidad de libros de libre acceso, espacios para trabajar en grupo o para hacerlo en silencio... Y ahora viene lo bueno. Preguntamos por la sala general, que es el lugar más antiguo y respetable de la “State Library”, y... ¿sabéis cuál fue la primera imagen que vi nada más entrar?... Unos padres leyendo y comentando los libros felizmente sobre una mesa... con sus dos niños jugueteando por allí... y el mayor correteando vestido de Superman!. Genial. Imaginad esa misma situación en cualquier biblioteca española. ¿Ya?, ¿a que no?. Pues a eso me refiero. Melbourne es el futuro.
Con este agridulce pensamiento me fui con mi nueva compañera de fatigas musicales, M., a la casa de mi profesor y ya amigo J. G. y su encantadora mujer B. La sensación fue simplemente maravillosa. Estar con el reloj biológico medio día adelantado, literalmente en la otra punta del mundo, más perdido que Händel en el FIB, en casa de gente que no había visto en mi vida... y sentirme tan querido... como si acabara de llegar el hijo prodigo del destierro... ay, esto no tiene precio. Gracias, gracias... Cuando vengáis a mi tierra os voy a poner finos.
Respecto a la barbacoa os diré que esta gente sabe lo que se traen entre manos (algo normal en un país donde la mayoría tiene en su casa un espacio donde comer al aire libre y hay anafes públicos en los parques para los fines de semana): material de primera, parrilla circular y madera de eucalipto... en fin, la felicidad se hizo carne ante nosotros.
De este primer día nada más que decir salvo que, aunque había dormido bien y a mi hora la noche antes, me dio un bajón por la tarde que pensé que la Parca venía a por mí vestida de twini con guadaña... algo así...
Pero no, al parecer ese es el punto de inflexión del jet lag... y a la mañana siguiente estaba en marcha. Ya empezaba a jugar en casa.
Toda esta semana la he pasado adaptándome al horario australiano: desayuno a las 7-8, biblioteca, lunch a la 13, biblioteca, cena a las 18-19, 20-23 entretenimientos variados, 23.30 a la cama. Y la verdad es que muy bien, realmente es un horario muy sano y sobre todo natural: te levantas con los pájaros, comes con las vacas, cenas con los possom, vas al baño con las ranas, y a la cama... con quien te deje, como en todas partes. Voy a volver a España como un reloj... que inevitablemente empezará a retrasarse nada más pisar Ceuta. Qué le vamos a hacer, así “semos”!... nunca seremos una primera potencia europea. Pero oye: pa’qué!... La residencia en la que estoy es una monada. Hay dos zonas: la “Old house”, que son unos edificios de época colonial muy bonitos, con las estancias comunes, biblioteca, televisión, ping-pong... y la “New house”, que es donde estoy yo, construida hace poco en medio de las dos alas antiguas y que parece un hotel de cuatro estrellas.

A parte del mobiliario moderno no hay mucha diferencia con la “Old house”, bueno sí, que no tiene grietas, ni manchas de humedad, ni cuartos de baños comunes... (cara de sarcasmo, sonrisa maliciosa...). Resumiendo: que he elegido bien y estoy en la gloria... y mis compañeras españolas, que están en “Old house”, simplemente, me envidian y odian (continúa sonrisa maliciosa). No os enfadéis, chicas, (voz de Constantino Romero) ya sabéis que mi cuarto con “mega-ducha-privada” y yo siempre estaremos abiertos a vuestras propuestas... (je!, fin de la voz. Os quiero).
También os cuento que en este país, a parte del idioma, el sistema burocrático y el estilo victoriano, hay una cosa que constantemente te recuerda que Australia fue una colonia anglosajona: la pasión por las moquetas. Todo está enmoquetado, casi puedes ir sin zapatillas desde el aeropuerto a cualquier zona del continente, incluido el desierto. Había un proyecto del Gobierno Federal de enmoquetar a los aborígenes, pero estos han protestado porque al parecer la moqueta pica por dentro.
Para ir concluyendo la crónica de esta primera semana os hablaré un poco más de la universidad, mi hábitat natural aquí y reflejo -o viceversa- de la imagen de Melbourne que quiero transmitiros.
Representa por un lado un espíritu puramente colonial del XIX: hacer en el cono sur un Oxford o un Cambridge, con sus claustros neogóticos, capillas típicas de la campiña inglesa y colegios mayores de pelirrojos con chaqueta y corbata. Por otro está el estilo Australiano: una gran burocracia pero que fluye con amabilidad (ya os dije que todo aquí es así), muchísimo dinero privado (supongo que el único fallo), un alumnado muy cosmopolita (sobre todo oriental), y unos medios materiales e informáticos que en España todavía ni soñamos. Por ejemplo, os diré que la biblioteca central del campus es un edificio inmenso con millones de libros de acceso directo y consulta libre para todos. Sólo la sección de música tiene más bibliografía de música española que algunas de nuestras facultades de musicología (!!). Empiezo a pensar que esta gente se diferencia de nosotros, principalmente, en que la mayoría cree en las cosas, quieren conocerlas y se emocionan con ellas; tienen todo preparado y a punto con la ilusión de que alguien vendrá y le dará uso. Y esta misma filosofía la aplican lo mismo a las bibliotecas que a los baños públicos, tanto autoridades como usuarios... Si consiguiéramos crear una sociedad donde conviviera todo esto con nuestro pasado y nuestras inmensa cultura, vida y tradición mediterráneas... el día del juicio final... nos iríamos igualmente todos a la porra... pero con la cabeza bien alta.
Pero claro: imaginad por un momento que en la puerta de entrada de Ciudad universitaria el rector pone un gran arco con un cartel que diga “La Evolución empieza aquí”... ¿Escucháis las risas?, ¿hacemos apuestas a ver cuánto duraría el cartel intacto?... En Melbourne las pintadas reivindicativas existen, pero se hacen con tizas de colores... Quizá el avance de la sociedad comience logrando que escribamos en las paredes de los demás con tizas rosas y azules, y no con un spray que emborrona cualquier buena intención...
Poco más. Que os echo de menos (aunque podré aguantar unos meses), que mi inglés aún es baratísimo y estoy muy frustrado, que todavía no he tenido ocasión de ver la cruz del sur en condiciones y... que me ha cambiado la concepción del mundo. De pronto todo me parece más pequeño y más grande a la vez, pero ya os machacaré con eso y con otra reflexivo-aburrida entrega sobre Melbourne. Mas no desesperéis: la siguiente entrega será una jovial y divertida crónica sobre mi primera visita a los alrededores: el parque natural "Wilsons Promontory".
Mil gracias a todos por leerme y escribirme esta semana...
Desde el lugar donde los ciervos no tienen cuernos y saltan a dos patas con los cervatillos en una bolsa... os ama y besa. J.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

EL VIAJE

Señoras, señores: ya estoy aquí.
He necesitado 70 horas de viaje, incluyendo el retraso de un barco y dos aviones, la pérdida de un tren, ocho horas de transbordos, cuatro controles policiales en cuatro países y tres continentes... pero ya estoy aquí. Y ha merecido la pena. Os cuento.
La primera etapa, Ceuta-Madrid, parecía lo más fácil: barco, tren, dos películas y... plum! Atocha!. Pues no, pequeños. Nuestras amadas compañías de transporte marítimo del Estrecho, una vez más, se confabularon para convertir este amable trayecto en un pequeño infierno: retraso de dos horas sin ningún tipo de explicación ni disculpa, malos gestos con los viajeros... y la inevitable pérdida del Altaria de las 16.40. Menos mal que durante las casi tres horas que estuve dentro del Ferry me pude consolar con el enriquecedor ambiente multicultural tan propio de nuestras costas en esta época del año y con la delicada presencia de las azafatas de la tripulación de Balearia. Gracias chicas: aquel “¡er barco no ha salio toavía porque va con retrazo!”, acompañado de esa comprensiva mirada de quinqui algecireña, fue muy tranquilizador.
Pasé la noche en Ronda con mi hermano C., y la verdad es que fue un lujo: paseo, charla y una cena magnífica con un amigo suyo en un restaurante sublime donde conocí a las dos camareras rondeñas con más arte de toda la serranía. Gracias precioso, me hiciste sentir tan a gusto que me alegré del retraso del barco. Mua.
Al día siguiente tren para Madrid (éste sí lo cogí) y comida con mi hermano P. en un restaurante gallego (creo). En otros tiempos hubiera pedido pote, carne y pastel, pero como estoy madurando, y ante tamaño viaje por delante, tomé una revitalizadora ensalada, una ligera lubina a la espalda y un trozo de fresca piña (las siguientes 48 horas sin un baño decente a mano agradecieron risueñas esta decisión, os lo recomiendo). P. en su línea: sonriente, solícito y cariñoso, me recogió, me subió y me bajó sin rechistar y, como siempre, me despidió con un beso. Gracias guapo, haces que Madrid sea más fácil. Mua.
Dejé el equipaje en casa de Alf., lugar donde están momentáneamente todas mis cosas de Madrid hasta que tenga nueva casa. Allí me esperaba M., su madre, una santa mujer que soporta estoicamente vivir con todas mis cajas de libros, ropas e instrumentos acumuladas en su pasillo y en vez de odiarme, o desear mi desaparición, se desvive por atenderme una y otra vez. No tengo palabras. Gracias guapa. Mua. Alf., hermano, mua.
El resto del Jueves 30 estuve paseando por Gran Vía e intentando no dormirme. Por consejo de An. compré un guía de conversación en Inglés y elegí la de Lonely Planet; es genial, sobre todo la parte que contiene frases útiles para “el arte de seducir”, que van desde el “No debes venir mucho por aquí porque me habría fijado en ti antes” al “No te preocupes que ya lo hago yo”, pasando por el “creo que deberíamos parar”.
Por la noche cena con mis amados N., M., C. y Alf... (¿dónde estabas M.G?) y vuelta a casa de éste. Sólo pude dormir media hora, pero me dio la vida.
Desde que salí de casa de Alf con los macutos, a las 4 de la mañana del viernes, hasta que pisé suelo Australiano, a las 10 de la noche del sábado hora de Melbourne, pasaron 34 horas. Lo que peor llevé fue la espera de cuatro horas en Londres dando cabezadas entre miles de personas comprando corbatas y chocolate de manera compulsiva. En cambio la de dos horas en la T4 de Barajas fue, como siempre, especial: recordando el día que la visité por primera vez con un casco y unas botas... muchos recuerdos, muchas sensaciones. Es tan bonita... los controles de policía y pasaportes, tan exquisitos...
Aquí fue el momento de calzarme mis chanclas y mis calcetines (gracias tito P. por el consejo)... me sentía como un guiri...¿pero acaso no lo era?...
Vuelta a Heathrow. A las 11 am, al fin, anunciaron cuál era la puerta de embarque del vuelo QA030 Londres-Hong Kong-Melbourne de la compañía Quantas. Allí me esperaba un flamante Boeing 747-400 con un canguro monísimo pintado en la cola. Por dentro no me decepcionó, aunque esperaba más espacio entre asiento y asiento, estrechez incómoda compensada, supongo, por la pantallita con películas, discos y videojuegos que te colocan en la cabecera del asiento de enfrente y las tres comidas que te sirven en cada uno de los dos vuelos. Otra cosa que me encantó fue la imagen corporativa de las espléndidas, y aquí no hay ironía, azafatas: rubias, de metro ochenta, con el pelo recogido y unos trajes marrones con motivos aborígenes que te hace amar Australia nada más pisar el avión.
La comida bien, el servicio excelente, el asiento estrecho y los chinos curiosos. Digo esto porque el primero de los vuelos, que hace escala en Hong Kong (Ppssss... Gong de fondo) iba, como era de esperar, lleno de chinos. Los que iban a mi lado izquierdo estaban muertos de risa leyendo una especie de tebeo en letras chinas, digo yo. Los que iban a mi derecha no paraban de mirarme, sonreírme y hacerme reverencias. Supongo que, como voy rapado y he engordado este verano, verían en mí al buda reencarnado que su hijo nunca fue. He de decir que en el avión había un olor a pollo hervido con especias por mí desconocidas, catalizado sin duda por la fisiología corporal de gran parte de los que allí estaban, que me hizo desagradable parte del trayecto y decidí que si China olía así no me verían por allí a menudo.
El vuelo fue largo pero tranquilo. A las 14, hora española, apagaron las luces y nos mandaron a dormir, algo lógico teniendo en cuenta que en Australia ya eran las 22. A mí realmente no me ayudó a echar una cabezada pero... así oscurito, en un 747, con música Chill Out en los cascos y sobrevolando Asia... pues mira, no se estaba tan mal...
La llegada a Hong Kong fue el segundo momento duro. Primero porque eran las 8 de la mañana y mi horario interno me decía que eran las 2 de la madrugada, y segundo, porque me perdí por el aeropuerto. No me preguntéis cómo pero me salí de la fila y me fui a una planta distinta. Le pregunté a una chica en mi magnífico inglés de Colegio San Agustín y con los nervios terminé hablándole en una especie de inglés-italiano-español, muy divertido para contar chistes en las fiestas pero por supuesto ininteligible para un anglosajón de bien. Menos mal que ella era Australiana, sinónimo de simpatía y educación, y me dijo “follow me”. "Ou yeah, baby!", dije, y me dejó sonriente en mi puerta de embarque. Al rato J. R. me mandó un sms diciéndome que estaban de juerga en el Fali y que me querían (yo más) lo cual, teniendo en cuenta que en Hong Kong eran las 9.30 am, dejó mi jet lag en carne viva definitivamente.
Resumiendo: ya puedo decir que he estado en Hong-Kong, pero entre nosotros os diré qué sólo he visto ese trozo de monte verde
De H. K. a Melbourne fue lo mismo pero sin olor a pollo chungo. El avión salió con dos horas de retraso, nos explicaron el motivo unas diez veces, que por supuesto no entendí aunque creo que era algo del motor, y pidieron disculpas otras quince (igualito que en Balearia). Devoré todo lo que me pusieron salvo una manzana que me guardé para llevarla en la mochila y comérmela en la habitación de la residencia cuando llegara (ya os digo que estoy madurando).
Pisamos tierra a las 22 hora de Melbourne. Ningún problema en la aduana. Ningún problema con el macuto. En Australia, básicamente, no hay ningún problema, todo fluye con una amabilidad muy especial.
Y, como no, anécdota: cuando estaba esperando la maleta en el aeropuerto había una señora con un perro detector de drogas olisqueándonos. Al chucho, que era muy divertido porque tenía un rollo entre salchicha y podenco, le dio por la maleta de un señor. Vino la policía y lo registraron allí mismo y... ¿sabéis lo que le encontraron?... la manzana que nos habían dado en el avión!, otro que había tenido la misma idea que yo!. “¿Usted no sabe que está prohibido introducir frutas en Australia, señor?”... “Pues, no”... “Son 200$ de multa, señor”... “Pues, sí”... Imaginad el cuerpo que se me puso cuando me di cuenta de que el siguiente objetivo del perro mamón era la manzana que yo llevaba en la maleta de mi portátil... Qué vergüenza: toda mi vida negándome a pasar nada ilegal por una aduana y ahora me iban a poner la cara colorada por una manzana asquerosa... Pero de pronto... tuve una iluminación: sí... sí!, me había olvidado la manzana en el avión!...bendita mala memoria mía!... yujuuu! de algo habían servido los golpes que me di de chico. Desde Newton nunca una manzana había dado tantas satisfacciones.
Por cierto, una reflexión para las autoridades australianas: las personas que sí se habían comido la manzana en el avión... ¿pueden considerarse “culeros” de tráfico de manzanas?... ahí dejo el debate.
Pasé dos controles de inmigración más y por fin a las 22.40 estaba fuera del aeropuerto. Cogí un taxi: “Please, take me to 220 Leicester St, Carlton”. El conductor era, como todos los Australianos, simpatiquísimo. “Welcome, welcome to Melbourne”, me repetía medio cantando, el genial señor. Tuve un momento muy divertido; de pronto se vuelve y me dice “Two hundred Twini??”, “ehn?”, dije yo. “Two hundred Twini??”, insistió. “Twini??”, ¿qué es eso?. No me preguntéis por qué pero me vino a la cabeza un muñeco con forma de pájaro y cresta roja... el famoso “Twini” australiano, que hace las delicias de grandes y pequeños y que se come las manzanas que tiran en los aeropuertos. “Two hundred twinis?”, doscientos twinis??, ¿dónde?... ¿tantas manzanas tiran en los aeropuertos que hay superpoblación de Twinis en Melbourne?. A los treinta segundos descubrí que me estaba preguntando por el número de la calle adonde íbamos... que los australianos en vez de “twenty” dicen “twini”. Empezamos bien con el inglés. Este ejemplo no es más que una pequeña muestra de cómo va mi listening. Qué decepción: yo quería comprar twinis de peluche para llevaros...
Llegué a la residencia a las 23 horas. Me recibió un conserje muy amable, que me instaló y enseñó todo el edificio, que por cierto es muy bonito, con una parte construida en época colonial. Ya os hablaré de él. Del edificio, digo.
En fin. Pronto tendréis una próxima entrega. Con los mejores momentos de los primeros días, las reflexiones más audaces que se hayan hecho sobre el mundo anglosajón y mis primeras impresiones sobre Melbourne y sus gentes.
Como adelanto os diré que estoy muy contento, que esto es una pasada, que en la residencia hay una colonia de cinco o seis españoles estupendos que me estaban esperando y que están haciendo mi estancia muy agradable (gracias guapas). Ah!...y que en los árboles de enfrente de la residencia hay sueltos una especie de bichos, entre ardilla y mapache, de un metro que se llaman “possom” (creo) y que son casi tan graciosos como los Twinis... Sin duda, esto promete. Os ama, y besa, J.