En cambio en la segunda sí que empezamos a sentir intensamente que estábamos en Australia. El objetivo era una playa llamada “Squeaky beach”, a la que se accedía a través de un sendero abierto en un bello bosque de eucaliptos, ya secos por la arena y el viento de la costa.
Volvimos por el bosquecillo de Tim Burton, ojo avizor a las “pica-pica”... y al coche, rumbo a la siguiente estación: Mt. Oberon Summit. Antes paramos a comer en un centro de información turística donde unos pájaros de colores intentaron convencerme amigablemente de que mi bocata era de ellos, uno incluso llegó a servirse su ración sin sonrojorse (o sí a juzgar por la foto).
Lo siento chicos alados: mientras siga pesando trescientas veces más que vosotros, el bocadillo es mío. Yo nunca se lo intentaría quitar a una Caterpillar: seguid el ejemplo.
Continuamos. Mt. Oberon Summit no es otra cosa que una cumbre bastante elevada con buenas vistas del parque, a la que se accede por un camino habilitado entre un bosque de eucaliptos impresionante donde hay posibilidad de ver koalas. Que no vimos.
Durante los 4 kilómetros de inevitable cuesta me dio tiempo a pensar en muchas cosas, pero había dos que me asaltaban constantemente. La primera era la impresión de haber pasado por allí mil veces. El frondoso bosque de eucaliptos y helechos era casi igual que cualquiera de los muchos que me he pateado en España: el mismo olor, el mismo sonido... Pero la nueva sensación, lo que de verdad me fascinaba, era que todos esos árboles procedían de ahí mismo, que eran autóctonos y silvestres. Algunos sabéis que el eucalipto y yo rara vez nos hemos llevado bien: nunca me ha terminado de gustar ni el paisaje ni el árbol en sí... quizá porque siempre lo he tenido por un extraño, o porque tiene mala fama –arde fácilmente, chupa todo el agua, etc.– o, simplemente, porque después de un genial domingo en el campo los veía alejarse tras el cristal del 127 de mis padres, indicando que el día siguiente había clase... (qué pasa, hay gente para todo, respetad mis traumas con los árboles, por favor). No lo sé. En todo caso, la cuestión es que mi concepción forestal (?) ha cambiado. Ya amo los eucaliptos. Y cuando vuelva a España y me patee otra vez los montes de la Coruña, por ejemplo, tendré una sensación parecida a la que tuve en Segovia después de estar en Roma, o en algunos barrios de Madrid después de ver París. Entender las cosas a través de su origen, gran filosofía... quizá Aristóteles fuera australiano...
...pero no, no lo era, al igual que no había ni un asqueroso koala y ni un miserable canguro en ese puñetero bosque cuesta arriba, que podía haber visto en Andalucía.
Este, queridos amigos, era el otro pensamiento que me venía con frecuencia.
Pero, sin duda, el esfuerzo mereció la pena cuando los árboles empezaron a desaparecer dejando paso a unas inmensas rocas que anunciaban la proximidad de la cumbre. Y qué cumbre.
No sé qué me emocionaba más si el paisaje, que era realmente bello, con un sol claro que hacía brillar la costa y el río que serpenteaba bajo nosotros, o pensar que estaba en la punta más austral de Australia, valga la redundancia, en un lugar donde después de la isla de Tasmania y el mar ya no hay más que hielo. Pensé mucho en vosotros; en lo que me gustaría compartir todo esto con cada uno... fue muy especial.. y pa' mí me lo quedo.
Después de contemplar aquello, y dar gracias por tener la oportunidad de hacerlo (a mi profe, al Ministro de Cultura y a los contribuyentes, principalmente), nos bajamos la cuesta con soltura. Los dos pensamientos recurrentes de la subida volvieron en la bajada: el primero a mi cabeza y el segundo a mis rodillas. Para evitar éste último, estuve canturreando y enseñando a las chicas a hacer el canto del búho con las manos. Búho, que al igual que el koala, no se hizo presente dejando en entredicho mis habilidades didácticas. Una vez más.
Tras la marcha hicimos varias fotos, algún estiramiento... y nos fuimos camino de vuelta hacia Melbourne. Pero el viaje no acababa aquí, la caída del sol nos tenía preparada una sorpresa: ¡wombats (ahora vivitos y coleando) y canguros!. Los primeros son unos seres realmente adorables, y como podéis ver en la fotografía son una mezcla entre oso y koala. Los gritos de ilusión que dimos cuando vimos el primero, en el mismo arcén de la carretera, fueron tales que me sorprende que el wombat no se hiciera el muerto, o vomitara al menos. Algo parecido pasó cuando, de nuevo en marcha y no lejos de la salida del parque, alguien exclamó “¡canguros!”, con la consecuente salida casi en marcha de la furgoneta, como la aerotransportada. Los primeros tres que vimos estaban medio escondidos en unos arbustos; después, en un campo abierto, descubrimos otros dos más, un wombat, y dos conejos (a los que no hicimos el más mínimo caso, pobrecitos, son tan normales...). Estos ya los disfrutamos con serenidad y madurez, igual que los tres o cuatro wallabíes, canguritos pequeños muy monos, que casi atropellamos por el camino.
En la vuelta, irremediablemente, me quedé dormido. Pero antes tuve un breve momento de lucidez para contemplar el cielo del hemisferio sur, con decenas de constelaciones que no había visto jamás y de las que no sé absolutamente nada. Ya tengo ganas de dedicarle un rato a disfrutar esto, a ver si la semana que viene en la Gran Barrera tengo la oportunidad... Pero antes sufriréis una cuarta entrega sobre el ya asentamiento en Melbourne, donde os hablaré de la cotidianeidad en la residencia, de una fiesta muy curiosa a la que asistí este viernes pasado, de mi visita al Zoo y de la segunda salida de fin de semana (de la que volví antesdeayer 16): Phillip Island, la isla de los pingüinos y de los koalas... ¿los habré visto esta vez?. Todo aquí: en “Culo en burra”!, el blog más famoso del cono sur!, tanto que en Victoria ya han fundado una localidad con su nombre
Desde el país donde atropellar un marsupial es tan fácil como proponérselo, os ama y besa. J.




De H. K. a Melbourne fue lo mismo pero sin olor a pollo chungo. El avión salió con dos horas de retraso, nos explicaron el motivo unas diez veces, que por supuesto no entendí aunque creo que era algo del motor, y pidieron disculpas otras quince (igualito que en Balearia). Devoré todo lo que me pusieron salvo una manzana que me guardé para llevarla en la mochila y comérmela en la habitación de la residencia cuando llegara (ya os digo que estoy madurando).