jueves, 25 de octubre de 2007

“EUNGELLA NATIONAL PARK” Y “WHITSUNDAY ISLANDS” (I)

Todo es relativo.
Y no lo escribo por introducir algo de ciencia en este blog, cada día más insustancial. Lo digo porque este fue el pensamiento que tuve durante todo el viaje que brevemente relataré a continuación. Señoras, señores: les cuento.
Si el periplo de casi tres mil kilómetros que se nos venía encima lo hubiéramos hecho saliendo, por ejemplo, desde Madrid, habríamos preparado con un mes de antelación billetes, estancias, visitas y transportes... Pero claro, después de haberte hecho un viaje de 60 horas entre avión, tren y barco tres semanas antes, y viviendo en un país que duplica en extensión a Europa... organizar uno a tres mil kilómetros ya es como preparar un domingo de cordero en Sepúlveda: “mañana quedamos de doce a una, cerca de no sé dónde, que me sé yo un sitio al lado de la iglesia que está muy bien... y si no de vuelta nos metemos unas habichuelas en el puerto de Los Leones y nos tiramos con bolsas por allí”... Entended que ésta no es la actitud correcta cuando tienes por delante más de cuatro horas de vuelo, un trasbordo de tres y la intención de conocer el Rainforest y la Gran Barrera de Coral.
De entrada os diré que casi perdemos el avión porque ninguno de los seis que íbamos, cinco chicas españolas estupendas y un servidor, nos dio por mirar la hora de salida... un rollo “da igual, si perdemos el bus a Segovia, nos cogemos el siguiente”. Menos mal que I. tuvo la feliz idea de hacerlo, si no ahora estaría hablando de un viaje muy distinto al parque de enfrente, dando de comer galletas a los possoms; que por cierto ya los miro como si fueran los gatos de mi barrio, con más distancia, eso sí, porque al parecer te mean si los molestas.
La cuestión es que cogimos el avión y desde Melbourne fueron... casi tres horitas hasta Brisbane, casi tres horitas en Brisbane y una y media hasta Mackay, en el estado de Queensland, en pleno Trópico de Capricornio. Del camino de ida sólo reseñar que se me hizo muy ameno escuchando a las cinco niñas y que me encontré a R2D2 trabajando en una cafetería del aeropuerto de Brisbane. Me dijo que después de rodar el tercer capítulo no le había ido muy bien, que le decían los directores que como actor estaba un poco encasillado... pero que era feliz aquí y... estaba siguiendo el blog (!!). Me regaló una foto firmada, ¡grande R2, gracias!.
Llegamos a Mackay de noche, con una diferencia de calor de, al menos, 15 grados con Melbourne ya que aquí es al contrario que en el hemisferio norte: cuanto más arriba más calor... La primera sensación me recordó, por la humedad y el olor, a una noche ceutí en julio, con levante... de esas sudorosas que tanto nos gustan...
Nos montamos en un taxi, que conducía una señora a la que no entendí una sola palabra, por supuesto, y llegamos al único albergue que habíamos reservado: un “Backpacker” que resultó ser, digamos, muy “pintoresco”, por no decir que era un puñetero asco. Profundizando en la ambigüedad del término os contaré que el albergue tenía unos cuantos inquilinos también muy “pintorescos”, que olían “pintorescamente” y que entraban y salían, mirándonos -con curiosidad a mí y de forma “pintoresca” a las niñas- de las “pintorescas” estancias. Dejamos las maletas en los cuartos y salimos huyendo de allí a cenar algo... aunque diez minutos después casi hubiéramos preferido quedarnos en el albergue....

Mackay por la noche me pareció una mezcla entre un paseo marítimo en invierno y un polígono industrial de las afueras de Madrid. Nos dijeron en nuestro “hotel de cuatro ratas” que podríamos tomar algo en una calle paralela... y hacia allí nos fuimos. Efectivamente había dos sitios para cenar abiertos: uno con pinta de pub más o menos bien y otro que ni miramos. Nunca os dejéis llevar por las apariencias.
La entrada al pub fue apoteósica: pasaron Mi. y Ma. e inmediatamente después se hizo un segundo de silencio, seguido de varios “¡pero bueno, tías, bienvenidas a Mackay!, ¿necesitáis un meneo?”, o algo parecido, expelidos por algunos jóvenes borrachos que estaban en la puerta. Esos chicos tan “simpáticos” dejaron de parecerlo cuando asomé yo justo detrás de ellas, y me dijeron explícitamente con la mirada “para dos tías que entran a este maldito sitio no va a fastidiárnoslo el cara-de-wombat este”. Y tengo la sensación de que hubieran hecho algo para impedirlo de habernos quedado más tiempo en ese bar de pueblo donde, además de los jóvenes salvajes, había un grupo de tres o cuatro aborígenes, los primeros que he visto, al borde del desmayo etílico y que no paraban de mirarnos con intención de acercarse. Gracias a Dios que la camarera nos dijo que a esa hora no servían comidas y huimos (algo que empieza a ser frecuente) de esa taberna que, por el ambiente, bien podría haber pasado desapercibida en Mordor...
Al final cenamos en el sitio de al lado, ese que ni miramos... y que resultó ser un lugar más o menos limpio regentado por unas señoras muy amables, que entretenían a los jóvenes borrachos (que nos persiguieron de un lugar al otro para seguir felizmente acosando a la niñas) mientras comíamos...
¿Qué os parece la llegada a Queensland?... yo, personalmente, me hubiera vuelto a Melbourne de inmediato, menuda dosis de realidad australiana...
Pero la Providencia se apiadó de nosotros y nos insufló un último aliento de valor para entrar en un pub irlandés que había justo al lado del albergue... Y resultó ser un sitio fenomenal... donde habría unas quince personas turnándose para cantar en un karaoke organizado por los que parecían los dueños del local: una señora, presentando feliz a los cantantes con un chaleco verde a lo crupier, y un señor (de casi 70 años y el mismo uniforme) pinchando en la cabina (!). Vimos a un viejo borracho cantando U2, a un señor calvo, de más de cincuenta, rapeando como un loco... jóvenes, viejos, solos, dúos, tríos... fue, sencillamente, genial. Pasamos del “Padre, ¿por qué nos trajiste a Mackay?” al “¡dame papito!, Mackay?, ou, yes!”. De hecho la cosa se animó tanto que salté al escenario y me canté una: “Black is black” de los Bravos, la única que me sabía de las mil canciones de la lista... Ya podré decir a mis hijos: “vuestro padre cantó en un karaoke de borrachos en un tugurio de Queensland”. Y se irán a vivir con su madre. Y yo con la mía.
A partir de aquí todo empezó a fluir. Por la mañana una señora estupenda de un centro de información de Mackay nos organizó el resto del viaje, que consistía en pasar dos días en el “Eungella National Park” y tres en una isla tropical cerca de la Gran Barrera. “¡Vale!”, le dijimos...
Camino del “Eungella” paramos en un pequeño parque de animales australianos, llamado "Illamong Santuary". Os diré que, a pesar de que vimos canguros, koalas, emús (como los avestruces pero con más mala leche) y cocodrilos... el bicho más auténtico de todos era el dueño y guía del recinto. Tenía heridas y cicatrices por todas partes, de hecho yo juraría que tenía la forma de un mordisco inmenso que le pillaba media cara... Sí, amigos: los “Cocodrilo Dundee” existen y son lo mismo que en la película pero un poco más sucios...
Primeros estuvimos alimentando a los canguros, que es algo parecido a darle de comer a un perro que se toma la molestia de ponerse en pie para facilitar el proceso.


También vimos reptiles, pájaros y andamos por un pequeño bosque donde, según el guía, había “taipan”, la serpiente más venenosa del mundo. Imaginaréis que yo estaba encantado con el paseo.
Pero lo mejor fue cuando llegamos a la zona de los koalas, mis amados amiguitos, donde tuvimos la oportunidad, sí, pequeños míos, de tocar un par de ellos (!!). Emocionado, y mira que yo soy soso para estas cosas, llegué a la conclusión de que quizá son los únicos bichos del mundo más “achuchables” en la realidad que en peluche. Una experiencia única... supongo que no muy legal con lo protegidos que están, pero única sin duda...
Seguimos hacia “Eungella”, que al parecer es un término aborigen que significa “tierra de las nubes”, pasando por medio de algún que otro parque nacional. Al que nosotros íbamos estaba en lo alto de una montaña muy nublada, de ahí su nombre... realmente no se complicaron mucho la vida para ponérselo. Nuestro hotel, llamado “Broke River”, estaba al lado de un río que se adentraba en la selva y consistía en unas diez o doce cabañas monísimas con una muy grande en el medio con la recepción y un salón-restaurante de lujo, al estilo rústico, con un cocinero alemán muy bueno... Encargamos una carnívora cena y para hacer hambre nos fuimos a buscar plátipus (ya sabéis lo que son) al río. Sólo vimos uno... lo cual es más de lo que ha visto cualquier ciudadano europeo normal en su vida, así que nos volvimos contentos, cantando aquella canción tan famosa de Ramoncín: “¡Mamá, qué patatús!, / ¡he visto un platipús / sentao en el autobús!”...


Después de la cena, que fue estupenda, nos acoplamos a una excursión nocturna por el bosque lluvioso. Nuestro guía era otro señor clásico australiano, este parecía un leñador, que llevaba una linterna muy potente para deslumbrar a los animalitos y mostrarnos su intimidad más descarnada. Así, sin darles comisión ni nada...
Primero vimos un montón de plátipus nadando en el río. Había que estar muy atento porque tal como los iluminábamos se sumergían tímidos. Yo mientras no podía parar de cantar mentalmente aquella conocida seguidilla de José de Cañizares: “¿cómo alumbran los bichos / los australianos?, / ¡Lo hacen con la linterna, / los muy marranos!”. Qué graciosos, con su pico de pato, sus pezuñas, su cola de castor y su cuerpo de nutria... son algo parecido a lo que queda al levantar un camión de un zoo que ha volcado a 180 km/h.... pero yo los quiero, ay... cuchicuchi...
Después nos adentramos un poco en el bosque y vimos possom, pájaros, más plátipus y una inmensa araña, de estas a las que hay que cederles el paso a la salida de misa... “Por favor, que no me encuentre una araña de esas”, rogué secretamente, y la Providencia, con su bondad infinita, me lo concedió, porque realmente no me la encontré. No tan pequeña, me refiero... en fin, no quiero adelantar acontecimientos.
Al acabar la excursión nos sentamos un rato en la terracita de la cabaña viendo las estrellas, buscando la esquiva Cruz del Sur, sin éxito de nuevo. Como todos teníamos en nuestra mente la araña que acabábamos de ver, no duramos mucho al relente. Nos echamos repelente de mosquitos, un rato de charla en la salita... y a la cama. ¡A soñar con las arañitas!.
A la mañana siguiente: pedazo de desayuno y excursión. Hicimos una ruta de unos 5 ó 6 kilómetros por un sendero habilitado en medio del bosque lluvioso. Estos bosques son realmente grandes fósiles vivientes ya que son muy similares a los que poblaban el mundo hace millones de años y están formados por eucaliptos, árboles parásito, lianas y palmeras.


Por supuesto también están plagados de bichos de esos que me gustan a mí, como la pitón verde, la red-back, la taipan y otro mil simpáticos animalitos pica-pica. Lo que más me impactó del rainforest fue el sonido, la atmósfera tropical que allí se respiraba... Constantemente estaba pasando algo: se te cruzaba un pájaro, se caía un trozo de árbol, corría cerca algún tipo de ser difícil de identificar (pero cerca) y, entre la maleza, constantemente se escuchaban multitud de ruidos de animales que no había oído en mi vida... parecía que nos estaban observando todo el rato [música de flauta de caña y tambor con eco lejano...]. Lo que peor llevaba era atravesar las miles de micro-telas de araña que había en el camino, así que al final me puse delante con un palo abriendo hueco, por lo que supongo que de lejos más que un grupo de exploradores pareceríamos la “orquesta oficial de Eungella Park” desfilando con su director al frente, cantando: “zemooos los Eungeeeela / nos guztaaaaa ir por la zelvaaaaaa”. Este pequeño gesto de valentía y protección del grupo (así soy yo, chicas...) me hizo tener algún sobresalto, como la serpiente muerta que me encontré un metro por delante de mí, en el camino. Diréis: “estaba muerta”, sí, pero eso no lo supe hasta dos segundos después... y esos dos segundos... para mí me los quedo, madre, para mí me los quedo... [Continuará]

martes, 9 de octubre de 2007

De la rutina y Phillip Island

Vivir en una residencia como la Graduate House de Melbourne tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La principal ventaja es que tienes muchas cuestiones resueltas nada más llegar: una habitación decente con libertad de entrar y salir, desayuno y cena a diario, espacios de ocio y un grupo de más de sesenta personas de todo el mundo con ganas de conocerse. Entre las desventajas, a parte de que es bastante cara, es verdad que a la gente aventurera de espíritu le impide disfrutar de la experiencia de buscar piso y compañeros en un lugar desconocido, aprender a enfrentarse a caseros estafadores que te gritan en otro idioma, padecer las primeras semanas de soledad propias de la gran ciudad... es decir, un montón de experiencias que, aunque en principio pueden ser incómodas, a la larga te hacen desarrollarte como persona y generan mil anécdotas divertidas que contar a tus amistades. Yo, en mi caso concreto, y después de valorar lo anterior, rápidamente concluyo: “aventureros de espíritu, que os den por saco”; “¿Graduate House?: Ou Yeeessss!”.
Sí, amigos. Venir aquí sin duda ha sido un gran acierto, porque después del mesecito que pasé en Venecia el año pasado buscando piso a lo loco (¡para después quedarme en una residencia!) murió en mí cualquier espíritu aventurero que pudiera tener en este aspecto.
Me encanta el día a día de la “Graduate” entre semana: desayuno a la 8, charla hasta las 9 y salida hacia la biblioteca del campus, que está a tres minutos andando, donde trabajo normalmente hasta las 17. Después de la cena, que suele terminar a las 20.00, nos juntamos el grupo de españoles con Ph., un australiano estupendo que ya es de la familia, C. (nuestro pequeño englishman todavía ininteligible para mí), y todo oriental, alemán o danés que se quiera acoplar, en la biblioteca de la residencia -un salón de estilo colonial con un piano- o en la sala de ping-pong. Entre todos inundamos las dos estancias con una curiosa amalgama de acentos ingleses tan divertida como incomprensible para los nativos del lugar, aunque debo confesar que yo por ahora sólo puedo hacer play-back. Pero no desconfiéis: ya me voy lanzando poco a poco al ruedo de la parla anglosajona y creo que, a pesar de mi edad, aún puedo lograrlo (frase que espero no tener que usar nunca en otros contextos). A veces también salimos a tomar algo por Lygon St., una calle paralela a la nuestra que hay a cinco minutos de la “G. H.”, donde se formó hace décadas el barrio de inmigrantes italianos y que ponen una pasta espectacular (os recomiendo gnocci bolognesa en “Il Gambero” y spaghetti marinara en “Brunetti”).
Toda esta rutina resulta realmente deliciosa y terapéutica para un señor -si me permitís el término- con un ritmo de vida tan oscilante como el mío. Y más gratificante si es rota a veces por cosas curiosas; como por ejemplo la recepción que hizo, el martes 11, el rector de la Universidad de Melbourne para los alumnos extranjeros, a la que asistí con mi ya amada compañera M. y mi venerado profesor J. G., con merienda y orquesta de cámara incluidos. Nada más entrar nos dieron un cartelito con nuestro nombre y rango, que todo el que te presentaban lo mirara sin pudor alguno, supongo que para ahorrarse la terrible labor de estar atento cuando le decías de tu propia voz tu nombre y rango. Como anécdotas contaré que tardé en encontrar mi identificación porque estaba colocada en la “I” de “Iavarez” (!!) y que conocimos, o más bien nos asaltó, una joven doctora japonesa que nos seguía a todas partes sonriente y armada con un refresco. Todavía, en ocasiones, la veo en la oscuridad.
El segundo fin de semana fue realmente divertido. La cosa comenzó el viernes 14, en la fiesta de despedida de I., un chico sevillano de la G. H. (que lamentablemente se va ya para España), y que celebramos en casa de unas amigas suyas peruanas estupendas. Hicimos sangría, tomamos chupitos de vodka y gelatina, bailamos “Hombres G” con base Reggaeton... vamos, lo normal en toda fiesta australiana. También había por allí un grupo de 8 ó 10 japoneses sentados en el suelo y sonriendo que ni se movieron (creo que en las sombras llegué a ver a la japonesa del martes anterior amenazándome con el refresco). Para contrarrestar la apatía del grupo nipón, entre ellos había una chica que se sabía todas las canciones de Shakira de memoria, y no paraba de bailar convulsivamente y chillar en español con un vozarrón tan molesto que lograría que el mismo Job la golpeara con una olla vieja. Bailaba y saltaba sin respirar hasta que de pronto... se derrumbó en el suelo completamente dormida sobre unos abrigos. “¡Oh, cayó!, dijeron unos. “¡Oh, calló!”, dijimos el resto. He estado en muchos enredos de este tipo pero cuando a mitad de la noche tuve conciencia de mí mismo y me vi en una fiesta en Melbourne bebiendo sangría en casa de unas peruanas, bailando como posesos “sufre mamón” con chilenos, australianos y una japonesa gritando en español y pisando a sus compatriotas que estaban sentados en silencio en medio de aquella especie de ONU fermentada... pensé: ¡Cuánto habría disfrutado esta imagen Miguel Mihura!. Y brindé por mis Yararás...
La mañana del día siguiente la pasé en el zoo con un grupo de la G. H. Reconozco que ir a ver animales es algo que a priori siempre me da un poco de pereza, pero cuando ya estoy allí al final lo paso genial... aunque se me olvida para la siguiente. En este caso he disfrutado especialmente con la parte de fauna australiana ya que vimos una simpática representación de cada uno de los bichos que pueblan este terruño de más de 7 millones de kilómetros cuadrados. Lo mejor: la manera en que está organizado el zoo, ya que no hay jaulas, sino unos sitios acotados (bueno, sí, son jaulas a fin de cuentas) donde puedes entrar con los animales por allí dando vueltas entre la gente. Al parecer este sistema no funciona con tigres y leones ya que todos quieren ser los campeones. En comerte.
Vimos canguros, wombats, algunas araña y, sí amigos, ¡el esperado koala!... aunque hablaré de ellos más adelante. También contemplé un plátipus nadando en su piscinita, visión que me trajo a la memoria aquel estribillo tan famoso de Gutierre de Cetina: ¿Porqué te dicen “mother”, madre?. / ¿Porqué llaman “five” al cinco? / ¿Porqué lo han nombrado “plátipus” / si se llama “ornitorrinco”?.
Esa noche salimos para despedir a C. que también se va ya (fijaros que acabo de llegar y ya he ido a tres fiestas de despedida, supongo que cuando yo me vaya me harán una de “Bienvenida”). Fuimos a la misma zona del viernes anterior; que resulta que se llama Jonhston St., y es el barrio español de Melbourne, no porque vayamos mucho nosotros sino porque es el lugar donde los inmigrantes españoles tienen sus locales, entre ellos la famosa “Casa Ibérica” de la que os hablé, que por lo visto vende jamones, chorizos y todo tipos de viandas típicas. Yo no aguanté mucho porque venía servido de la noche anterior y además porque por la mañana había que estar despejados para disfrutar la segunda visita a las afueras: Phillip Island.
El planteamiento fue casi el mismo que el fin de semana anterior pero con otro destino: coche alquilado, cinco españoles, C., Ph. y un chico alemán, que no conocíamos, que se vino a última hora (de hecho le dimos 10 segundos para pensarlo. Tardó 5, la soledad acelera este tipo de decisiones). La ida fue bastante divertida. Me llevé un disco de Ketama y estuve enseñando a la gente, anglosajones incluidos, a tocar palmas por bulerías. No lo logré. De nuevo. Pero descubrí que con C. puedo entenderme perfectamente a través de la música, siempre hay alguna canción que podemos cantar que tiene relación con lo que está pasando... y por ahora así somos felices. Cuando me habla, para y me mira como diciendo “no te enteras, ¿no?”, yo le miro como respondiendo “¿tú qué crees?”... y seguimos cantando divertidos. Como veis, una manera hipócrita, pero risueña, de revolcarme en mis propias miserias lingüísticas...
Tras unas cuantas palmas al son de “iun-dou!, iun-dou-trei!, cuatrou-cincou-sei, seiti-ouchou, nueve-ten!” llegamos a Phillip Island. Paramos en una especie de oficina de turismo que resultó ser una pequeña fábrica de chocolate (!!). Nos informaron de todo: dónde estaban los koalas, dónde estaban los pingüinos y, por supuesto, dónde estaban los baños, que era lo que habíamos preguntado. Salimos pitando a tomar algo, ya que a las 18 eran los pingüinos; fuimos a un pueblecito que había en plena playa y, bueno, nos pusieron el mejor “Fish & Chips” que he comido en mi vida... lo cual no tiene mucho mérito ya que era la segunda vez que lo hacía. Tal como le metí mano pensé que realmente deberían llamarlo “Oil & Fish & Chips”, pero me lo zumbé encantado, el turismo tiene estas cosas... [Bloc de notas: “la próxima más que vaya a Ph. Island llevar sal de frutas”].

Sobre las 14 llegamos al parque de los koalas, que no me acuerdo del nombre, pero seguro que no ando muy desencaminado si os digo que se llamaba “Phillips Island Koala Park”, porque aquí no se complican mucho la vida en estas cosas...
La verdad es que el día antes en el zoo había vista un par de koalas y me habían parecido monos... Pero cuando yo vi este bichillo salvaje, que os muestro en la foto, os diré que... directamente me moría de amor y quería quedarme allí amándolo por toda la eternidad. Siempre me parecieron un pelín estúpidas las niñas con fotos de koalas en la carpeta, pero ahora os digo: soy una más de vosotras, acogedme.
Estuvimos dando un paseo por el parque y vimos bastantes koalas, koalitas e incluso una araña saltarina pica-pica amarilla que casi mata de un susto a M., aunque según el guarda del lugar no era peligrosa. La araña digo... mi amiga sí lo es. “No os preocupéis, las peligrosas son las negras con punto blanco en el abdomen” nos decía riendo el señor, “gracias, nos quedamos más tranquilos”. Y huimos de allí.
Cuando íbamos hacia la playa de los pingüinos empezó a diluviar... así que hicimos tiempo en una bodega de degustación de vinos que nos encontramos de camino. Tomamos un poco de cada una de los doce o trece que tenía por allí (todos menos el conductor, mamá) y en diez minutos, no me preguntéis porqué, estábamos todos supercontentos de que lloviera, felices con aquel señor tan simpático que nos servía una tras otra: “Gran tierra de vinoz ésta, zeñor, (hip) ze lo dice un españoool... (hip) ¡Bésame, picarón!”. En fin, nos gastamos todo lo que llevábamos en botellas y partimos: el encuentro con los pingüinos era inminente...
aunque aburrido... para que os voy a engañar. Todo consistía en ir a ver, de lejos, una colonia de pingüinos, de las pocas que quedan en Australia, que al caer la noche salen del agua y se van a su nido todos en fila. El tema es que lo tienen montado como si fuera un campo de fútbol: con gradas, focos y un pequeño centro comercial con tazas, postales, camisetas e impermeables (esto sí lo agradecí porque caían chuzos de punta) con dibujos de pingüinos. Una pena, la verdad, porque por ahora todo lo que me he encontrado por aquí está perfectamente integrado con el medio... y esto me pareció, masificado y poco emocionante. Lo mejor fue verme sentado bajo la lluvia, rodeado de orientales con capucha, en una grada a la orilla de una playa australiana al lado de C., los dos con impermeable hortera y buscando una canción para comunicar nuestros respectivos sentimientos sobre el momento “pingüino”. La elegida fue: “qué alegre ilusión es ir con Mary!... qué bueno es ir con Mary a paseaaaaaar!”, él en inglés y yo en español... y oye mira, así profundizamos un poco más en nuestra amistad y menos en mi inglés. Después vimos a los pingüinos de cerca, porque el camino de vuelta al centro comercial va por medio de los nidos: “¡no les hagan fotos desde la grada que se estresan!”, nos decían. Pensarán que para un pingüino tener a mil japoneses con impermeable gritándole en pleno nido por el camino de vuelta debe ser chill-out del bueno...
No diréis que no dio de sí el fin de semana... Pues en la próxima entrega os haré un amplio resumen (¿un resumen puede ser amplio?) de mi viaje a Queensland: la tierra de los Bosques lluviosos y la Gran Barrera de Coral. Sólo os adelantaré que hablaré de aborígenes borrachos, karaokes inmundos, arañas gigantes y de Lola Gaos. Todo aquí: en culo-en-burra, el blog que sigue menos gente que a un puercoespín bailando la conga.
Desde el país donde “El Koala” tendría que cantar desde un parque nacional... (Alf, gracias por la aportada del CD) os ama y besa. J.