Y no lo escribo por introducir algo de ciencia en este blog, cada día más insustancial. Lo digo porque este fue el pensamiento que tuve durante todo el viaje que brevemente relataré a continuación. Señoras, señores: les cuento.
Si el periplo de casi tres mil kilómetros que se nos venía encima lo hubiéramos hecho saliendo, por ejemplo, desde Madrid, habríamos preparado con un mes de antelación billetes, estancias, visitas y transportes... Pero claro, después de haberte hecho un viaje de 60 horas entre avión, tren y barco tres semanas antes, y viviendo en un país que duplica en extensión a Europa... organizar uno a tres mil kilómetros ya es como preparar un domingo de cordero en Sepúlveda: “mañana quedamos de doce a una, cerca de no sé dónde, que me sé yo un sitio al lado de la iglesia que está muy bien... y si no de vuelta nos metemos unas habichuelas en el puerto de Los Leones y nos tiramos con bolsas por allí”... Entended que ésta no es la actitud correcta cuando tienes por delante más de cuatro horas de vuelo, un trasbordo de tres y la intención de conocer el Rainforest y la Gran Barrera de Coral.
De entrada os diré que casi perdemos el avión porque ninguno de los seis que íbamos, cinco chicas españolas estupendas y un servidor, nos dio por mirar la hora de salida... un rollo “da igual, si perdemos el bus a Segovia, nos cogemos el siguiente”. Menos mal que I. tuvo la feliz idea de hacerlo, si no ahora estaría hablando de un viaje muy distinto al parque de enfrente, dando de comer galletas a los possoms; que por cierto ya los miro como si fueran los gatos de mi barrio, con más distancia, eso sí, porque al parecer te mean si los molestas.

La cuestión es que cogimos el avión y desde Melbourne fueron... casi tres horitas hasta Brisbane, casi tres horitas en Brisbane y una y media hasta Mackay, en el estado de Queensland, en pleno Trópico de Capricornio. Del camino de ida sólo reseñar que se me hizo muy ameno escuchando a las cinco niñas y que me encontré a R2D2 trabajando en una cafetería del aeropuerto de Brisbane. Me dijo que después de rodar el tercer capítulo no le había ido muy bien, que le decían los directores que como actor estaba un poco encasillado... pero que era feliz aquí y... estaba siguiendo el blog (!!). Me regaló una foto firmada, ¡grande R2, gracias!.
Llegamos a Mackay de noche, con una diferencia de calor de, al menos, 15 grados con Melbourne ya que aquí es al contrario que en el hemisferio norte: cuanto más arriba más calor... La primera sensación me recordó, por la humedad y el olor, a una noche ceutí en julio, con levante... de esas sudorosas que tanto nos gustan...
Nos montamos en un taxi, que conducía una señora a la que no entendí una sola palabra, por supuesto, y llegamos al único albergue que habíamos reservado: un “Backpacker” que resultó ser, digamos, muy “pintoresco”, por no decir que era un puñetero asco. Profundizando en la ambigüedad del término os contaré que el albergue tenía unos cuantos inquilinos también muy “pintorescos”, que olían “pintorescamente” y que entraban y salían, mirándonos -con curiosidad a mí y de forma “pintoresca” a las niñas- de las “pintorescas” estancias. Dejamos las maletas en los cuartos y salimos huyendo de allí a cenar algo... aunque diez minutos después casi hubiéramos preferido quedarnos en el albergue....

Mackay por la noche me pareció una mezcla entre un paseo marítimo en invierno y un polígono industrial de las afueras de Madrid. Nos dijeron en nuestro “hotel de cuatro ratas” que podríamos tomar algo en una calle paralela... y hacia allí nos fuimos. Efectivamente había dos sitios para cenar abiertos: uno con pinta de pub más o menos bien y otro que ni miramos. Nunca os dejéis llevar por las apariencias.
La entrada al pub fue apoteósica: pasaron Mi. y Ma. e inmediatamente después se hizo un segundo de silencio, seguido de varios “¡pero bueno, tías, bienvenidas a Mackay!, ¿necesitáis un meneo?”, o algo parecido, expelidos por algunos jóvenes borrachos que estaban en la puerta. Esos chicos tan “simpáticos” dejaron de parecerlo cuando asomé yo justo detrás de ellas, y me dijeron explícitamente con la mirada “para dos tías que entran a este maldito sitio no va a fastidiárnoslo el cara-de-wombat este”. Y tengo la sensación de que hubieran hecho algo para impedirlo de habernos quedado más tiempo en ese bar de pueblo donde, además de los jóvenes salvajes, había un grupo de tres o cuatro aborígenes, los primeros que he visto, al borde del desmayo etílico y que no paraban de mirarnos con intención de acercarse. Gracias a Dios que la camarera nos dijo que a esa hora no servían comidas y huimos (algo que empieza a ser frecuente) de esa taberna que, por el ambiente, bien podría haber pasado desapercibida en Mordor...
Al final cenamos en el sitio de al lado, ese que ni miramos... y que resultó ser un lugar más o menos limpio regentado por unas señoras muy amables, que entretenían a los jóvenes borrachos (que nos persiguieron de un lugar al otro para seguir felizmente acosando a la niñas) mientras comíamos...
¿Qué os parece la llegada a Queensland?... yo, personalmente, me hubiera vuelto a Melbourne de inmediato, menuda dosis de realidad australiana...
Pero la Providencia se apiadó de nosotros y nos insufló un último aliento de valor para entrar en un pub irlandés que había justo al lado del albergue... Y resultó ser un sitio fenomenal... donde habría unas quince personas turnándose para cantar en un karaoke organizado por los que parecían los dueños del local: una señora, presentando feliz a los cantantes con un chaleco verde a lo crupier, y un señor (de casi 70 años y el mismo uniforme) pinchando en la cabina (!). Vimos a un viejo borracho cantando U2, a un señor calvo, de más de cincuenta, rapeando como un loco... jóvenes, viejos, solos, dúos, tríos... fue, sencillamente, genial. Pasamos del “Padre, ¿por qué nos trajiste a Mackay?” al “¡dame papito!, Mackay?, ou, yes!”. De hecho la cosa se animó tanto que salté al escenario y me canté una: “Black is black” de los Bravos, la única que me sabía de las mil canciones de la lista... Ya podré decir a mis hijos: “vuestro padre cantó en un karaoke de borrachos en un tugurio de Queensland”. Y se irán a vivir con su madre. Y yo con la mía.
A partir de aquí todo empezó a fluir. Por la mañana una señora estupenda de un centro de información de Mackay nos organizó el resto del viaje, que consistía en pasar dos días en el “Eungella National Park” y tres en una isla tropical cerca de la Gran Barrera. “¡Vale!”, le dijimos...
Camino del “Eungella” paramos en un pequeño parque de animales australianos, llamado "Illamong Santuary". Os diré que, a pesar de que vimos canguros, koalas, emús (como los avestruces pero con más mala leche) y cocodrilos... el bicho más auténtico de todos era el dueño y guía del recinto. Tenía heridas y cicatrices por todas partes, de hecho yo juraría que tenía la forma de un mordisco inmenso que le pillaba media cara... Sí, amigos: los “Cocodrilo Dundee” existen y son lo mismo que en la película pero un poco más sucios...
Primeros estuvimos alimentando a los canguros, que es algo parecido a darle de comer a un perro que se toma la molestia de ponerse en pie para facilitar el proceso.

También vimos reptiles, pájaros y andamos por un pequeño bosque donde, según el guía, había “taipan”, la serpiente más venenosa del mundo. Imaginaréis que yo estaba encantado con el paseo.
Pero lo mejor fue cuando llegamos a la zona de los koalas, mis amados amiguitos, donde tuvimos la oportunidad, sí, pequeños míos, de tocar un par de ellos (!!). Emocionado, y mira que yo soy soso para estas cosas, llegué a la conclusión de que quizá son los únicos bichos del mundo más “achuchables” en la realidad que en peluche. Una experiencia única... supongo que no muy legal con lo protegidos que están, pero única sin duda...
Seguimos hacia “Eungella”, que al parecer es un término aborigen que significa “tierra de las nubes”, pasando por medio de algún que otro parque nacional. Al que nosotros íbamos estaba en lo alto de una montaña muy nublada, de ahí su nombre... realmente no se complicaron mucho la vida para ponérselo. Nuestro hotel, llamado “Broke River”, estaba al lado de un río que se adentraba en la selva y consistía en unas diez o doce cabañas monísimas con una muy grande en el medio con la recepción y un salón-restaurante de lujo, al estilo rústico, con un cocinero alemán muy bueno... Encargamos una carnívora cena y para hacer hambre nos fuimos a buscar plátipus (ya sabéis lo que son) al río. Sólo vimos uno... lo cual es más de lo que ha visto cualquier ciudadano europeo normal en su vida, así que nos volvimos contentos, cantando aquella canción tan famosa de Ramoncín: “¡Mamá, qué patatús!, / ¡he visto un platipús / sentao en el autobús!”...

Después de la cena, que fue estupenda, nos acoplamos a una excursión nocturna por el bosque lluvioso. Nuestro guía era otro señor clásico australiano, este parecía un leñador, que llevaba una linterna muy potente para deslumbrar a los animalitos y mostrarnos su intimidad más descarnada. Así, sin darles comisión ni nada...
Primero vimos un montón de plátipus nadando en el río. Había que estar muy atento porque tal como los iluminábamos se sumergían tímidos. Yo mientras no podía parar de cantar mentalmente aquella conocida seguidilla de José de Cañizares: “¿cómo alumbran los bichos / los australianos?, / ¡Lo hacen con la linterna, / los muy marranos!”. Qué graciosos, con su pico de pato, sus pezuñas, su cola de castor y su cuerpo de nutria... son algo parecido a lo que queda al levantar un camión de un zoo que ha volcado a 180 km/h.... pero yo los quiero, ay... cuchicuchi...
Después nos adentramos un poco en el bosque y vimos possom, pájaros, más plátipus y una inmensa araña, de estas a las que hay que cederles el paso a la salida de misa... “Por favor, que no me encuentre una araña de esas”, rogué secretamente, y la Providencia, con su bondad infinita, me lo concedió, porque realmente no me la encontré. No tan pequeña, me refiero... en fin, no quiero adelantar acontecimientos.
Al acabar la excursión nos sentamos un rato en la terracita de la cabaña viendo las estrellas, buscando la esquiva Cruz del Sur, sin éxito de nuevo. Como todos teníamos en nuestra mente la araña que acabábamos de ver, no duramos mucho al relente. Nos echamos repelente de mosquitos, un rato de charla en la salita... y a la cama. ¡A soñar con las arañitas!.
A la mañana siguiente: pedazo de desayuno y excursión. Hicimos una ruta de unos 5 ó 6 kilómetros por un sendero habilitado en medio del bosque lluvioso. Estos bosques son realmente grandes fósiles vivientes ya que son muy similares a los que poblaban el mundo hace millones de años y están formados por eucaliptos, árboles parásito, lianas y palmeras.

Por supuesto también están plagados de bichos de esos que me gustan a mí, como la pitón verde, la red-back, la taipan y otro mil simpáticos animalitos pica-pica. Lo que más me impactó del rainforest fue el sonido, la atmósfera tropical que allí se respiraba... Constantemente estaba pasando algo: se te cruzaba un pájaro, se caía un trozo de árbol, corría cerca algún tipo de ser difícil de identificar (pero cerca) y, entre la maleza, constantemente se escuchaban multitud de ruidos de animales que no había oído en mi vida... parecía que nos estaban observando todo el rato [música de flauta de caña y tambor con eco lejano...]. Lo que peor llevaba era atravesar las miles de micro-telas de araña que había en el camino, así que al final me puse delante con un palo abriendo hueco, por lo que supongo que de lejos más que un grupo de exploradores pareceríamos la “orquesta oficial de Eungella Park” desfilando con su director al frente, cantando: “zemooos los Eungeeeela / nos guztaaaaa ir por la zelvaaaaaa”. Este pequeño gesto de valentía y protección del grupo (así soy yo, chicas...) me hizo tener algún sobresalto, como la serpiente muerta que me encontré un metro por delante de mí, en el camino. Diréis: “estaba muerta”, sí, pero eso no lo supe hasta dos segundos después... y esos dos segundos... para mí me los quedo, madre, para mí me los quedo... [Continuará]




